¡Niños sin prejuicios, niños con criterios!  

Por intuición, los niños acogen nuestros miedos, comportamientos y estereotipos. Algunas veces esto los previene del peligro, pero otras los aleja de tener criterios propios.

 


Hace unos días comprobé -horrorizado- que mi hija y la policía de Miami compartían cierta forma de pensar: ambos cree ciegamente que los grafiteros son "malos"; mi hija aun no entiende conceptos tales como vándalos, marihuaneros o terroristas, pero de conocerlos seguramente también los aplicaría para pensar de este grupo social.

 

Cuando le pregunté por qué pensaba de esta manera, me contestó que alguien a quien ella respetaba mucho le había dicho que eso era “malo” y que quienes lo hacían lo eran también.

 

Esto me llevó a pensar en la forma en la que les enseñamos a los niños a pensar el mundo, y en la libertad que les damos para que tomen sus propias decisiones y tengan la capacidad de forjarse opiniones propias sobre lo que les sucede y sobre lo que les rodea.

 

La vieja tensión entre la moral y la ética cobra vigencia para explicar este punto. Hablamos de una enseñanza basada en la moral cuando el niño debe aprender dogmática y maniqueamente qué es lo “bueno” y qué es lo “malo”; de esta manera hemos aprendido como sociedad –a lo largo de la historia- que ciertas acciones son malas, que ciertos alimentos no se deben consumir, que a tales lugares no podemos ir, o que determinadas personas no merecen nuestra atención; todo esto sin que nosotros lo hayamos pensado y racionalizado, sencillamente se interioriza como una cosa que es así, y que no puede ser discutido.

 

Por el contrario está el pensamiento ético, en donde el niño aprende a tomar decisiones propias y a decidir cuándo una acción es correcta o cuándo no, asumiendo las consecuencias que sus decisiones impliquen; no porque un adulto se lo diga y ya, sino porque él o ella tienen la capacidad de pensar y de reflexionar críticamente sobre su cotidianidad.

 

Esto no quiere decir que haya peligros y situaciones riesgosas que les podemos prevenir, se trata de no encasillarlos en formas de pensar y de actuar derivados de antiguos preceptos que nos transmitieron. Tampoco consiste en no enseñarles que no debemos causarles daño a los demás, y que debemos pensar en los demás antes de actuar, para no afectarlos ni perjudicarlos.

 

A mi hija le gusta el arte plástico, y todo aquello que se relaciona con esto; sin embargo, ciertas expresiones artísticas callejeras las había dejado de contemplar y de apreciar porque a alguien le parecía –arbitrariamente- que eso no podía ser entendido nunca como una obra de arte, y a quien la realizaba como un artista.

 

Si hacemos un recuento de todas las cosas que hemos tenido que sacrificar –individual y colectivamente- por estas formas arcaicas de enseñar; cuántas personas crecieron sintiéndose malas porque pensaban o se identificaban de determinadas maneras que eran culturalmente “indebidas”, cuantos placeres que dejamos de disfrutar porque eran pecados; y comprendiéramos el daño que eso nos ha generado –como individuos y como sociedad- entenderíamos el daño que le hacemos a las generaciones futuras.

 

Yo por ahora me centraré en mostrarle a ella que existen diversos tipos de grafiti (algunos reflejan posiciones políticas, otros son estrategias comerciales, otros dan cuenta de las preferencias deportivas de ciertos aficionados, otros el amor que existe entre personas, y otros son expresiones artísticas); le diré que algunos se ubican en espacios que han sido destinados para tal fin y que en esa medida no agreden a nadie, mientras que otros se ubican en paredes y muros que no están destinados para tal fin. Le contaré que en varias ciudades del mundo se hacen exposiciones callejeras de estos murales y que la gente va a apreciarlos, tal cual como si estuvieran en un museo.

 

Después de todo ello, permitiré que ella se forje una impresión propia de lo que significa un grafiti, y le daré la posibilidad de que cambie de parecer, claro está, sólo si ella lo considera pertinente.

 

Escrito por:

Camilo Castiblanco Durán

Sociólogo e investigador en temas de infancia.  

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Qué bueno que los niños sean felices...

La felicidad de los niños parece ser el nuevo reto de las familias modernas. Abuelos que se desbordan en regalos, padres sobreprotectores y tíos consentidores. Pero nos hemos preguntado qué clase de felicidad le estamos procurando a nuestros niños.

 

 

La sociedad en la que vivimos nos invita de múltiples formas a ser felices, y a convertir a ésta en una meta de nuestras vidas. Los viajes, el estudio, las compras, la diversión están allí para acercarnos a dicho propósito.

 

Por supuesto, queremos lo mismo para los niños y niñas, queremos que sonrían y que esta primera y segunda infancia transcurra de la manera más placentera para ellos; minimizando los momentos desagradables y molestos. Este deseo es a todas luces legítimo, pero vale la pena hacer algunas precisiones de qué no es la felicidad:

 

En primer lugar, la felicidad no se puede asociar a la posesión de objetos y de regalos; nuestros niños deben ser capaces de ser felices aún en los momentos de escasez y de dificultad económica. En el fondo a ellos no les importa el precio de los regalos, lo que les interesa es el juego en sí mismo, y el tiempo que se les dedique para jugar.

 

La felicidad tampoco es sinónimo de éxito constante y permanente. Los niños deben aprender del fracaso, del error. Cuando un niño se equivoca, se abre toda una posibilidad pedagógica de orientarle a que entienda qué fue lo que falló, a que busque nuevas e innovadoras soluciones y a que fortalezca su carácter para afrontar los múltiples fallos y desaciertos que tendrá a lo largo de su vida.

 

Cuando los padres protegemos a  nuestros hijos de todo aquello que consideramos que les hace infelices y los encerramos en una “burbuja”, les estamos negando el proceso de aprendizaje que la vida misma implica. Vivir es experimentar, caerse, ensuciarse, pegarse, entristecerse para luego aprender de todas y cada una de las vivencias.

 

Mucho menos se puede homologar felicidad con consecución de logros. Los padres contemporáneos hemos entrado en una esquizofrénica búsqueda de la perfección de los niños, a quienes les exigimos ser los mejores en todo lo que emprenden: niños que a muy corta edad se les pide que sean grandes futbolistas, músicos geniales, artistas integrales, bilingües (por lo menos), atractivos y graciosos. El desacierto no está en buscar nuevos campos de conocimiento y de actividad para los niños, sino en exigirles que sean todo, sin nunca consultar con ellos qué es lo que realmente quieren hacer.

 

Los niños no son felices porque se les haga todo. Sus alegrías también devienen del desarrollo de su autonomía y del fortalecimiento de sus destrezas. La inutilidad nunca puede ser un sinónimo de felicidad.

 

Finalmente, la concepción egoísta y excluyente de la felicidad nos enseña que para ser feliz se vale todo, aun la infelicidad del otro. Vale la pena que los niños crezcan en un contexto en el que se pueda ser feliz colectivamente y donde ellos comprendan que a veces no se puede lograr todo para sí, porque hay que compartir con los demás.

 

Qué bueno que como generación nos esforcemos por dejarles a nuestros niños y niñas un mejor futuro y un contexto rodeado de felicidad, qué bueno que de verdad ellos puedan ser felices.

 

 

 

Por:

Camilo Castiblanco Durán.

Papá, sociólogo e investigador en temas de infancia.

 

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